“…Depositar la santa fe que se nos ha entregado; y esto, tanto rechazando las novedades profanas del lenguaje como las contradicciones de una mal llamada ciencia.”, expresó Pío X en su Encíclica “Pascendi”, constatando una de las más férreas luchas que se han librado desde que tenemos conciencia de ser humanos. Y es que tanto filósofos, como alquimistas y científicos han tratado de definirse a sí mismos en contraposición a las personas de fe, considerándolas ingenuos y ciegos frente a una “verdad” que ellos aún intentan descifrar.
¿Por qué este desprecio irracional? ¿Es acaso la verdad de la fe incompatible con la verdad que busca el científico? ¿La naturaleza se contrapone a lo divino?
La ciencia se ha caracterizado por ser una disciplina humana que utiliza la observación para establecer leyes- que pueden permanecer, desaparecer o ser perfectibles- con el fin supremo de descubrir la verdad de la vida, a través de un método científico cuya herramienta principal es la razón. El hombre no ha hecho más que observar una realidad desde una perspectiva en particular, desde un prisma que no deja ver más que una parte de la Ley de Vida
Las personas de fe, de cierta forma, realizan este mismo ritual con el mismo fin. Pero la vista se hace desde una altura mayor, dejando de lado ciertos prejuicios que la ciencia alberga en su seno. Ambos buscan La Verdad –sí, esa con mayúsculas- pero siempre han creído que los resultados a los que llegan son incongruentes entre sí. No pueden estar más equivocados.
La Ley de Vida es Una y, por lo tanto, Una es La Verdad ¿Acaso un creyente no puede ser científico, o viceversa? Si el fin es el mismo, ¿acaso no podemos llegar a la misma conclusión?
Si cada uno vive su propia índole, el punto final no diferirá de la verdad. Todos podemos constatarla, todos podemos entenderla… y todos podemos vivirla.
La vocación es un llamado, pero no cualquiera. Es uno que proviene desde nuestro interior más internamente interno, de nuestro espíritu. Y es que cuando decimos que una persona posee un talento, no sólo hablamos de una habilidad innata, sino que de la manifestación- material o no- de ese llamado: la índole.
Por lo tanto, si una persona se apasiona por descubrir la verdad de la naturaleza y sus fuerzas, y quiere encontrar los porqués de cada ser vivo en este mundo, ¿no está ya viviendo su vocación? Ahora bien, si llevamos este apasionamiento al extremo de la soberbia del intelectualismo, y con los resultados logrados no hacemos más que alimentar y acariciar nuestro ego, y elaborar tesis oscuras- sin un fin de Luz, haciendo gozar al maligno-, no estamos más que ahogando e incluso matando a la Verdad que nos vive.
Dios es el Juez de Su Ley de Vida, Ley que o seguimos o rechazamos. Cuando una persona sigue el llamado de su espíritu, simplemente está remando a favor de esta Ley. Si no es así, está yendo contra la corriente de lo que Es, y su índole encontrará resistencia, dejando los pequeños logros al reconocimiento pasajero del mundo este ¿Acaso hay Gloria más magnánima que vivir en la conciencia de mi vocación y, más aún, saber que es Dios quien vive a través de ella?
Ciencia y espiritualidad no son incompatibles. La fe no es ciega, sino que es un estado de conciencia espiritual en donde se sabe con certeza que Dios existe. Los científicos se equivocan al decir que los creyentes creen ingenuamente…
¿Qué más tangible que la índole latiendo viva dentro de nosotros?
Natalia Alvarado M.
Bautizada bajo la Ley de Cristo
miércoles, 20 de enero de 2010
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